IX Periodo Ordinario de Sesiones

Haydée, una y muchas

Por: Marta Rojas Rodríguez / Granma_

Haydée Santamaría (Yeyé) es un símbolo contemporáneo, inequívoco, del tejido intelectual de Nuestra América. Como fundadora y directora de Casa de las Américas, su obra, tenaz y valiente en ese campo auspiciado por la Revolución Cubana desde los primeros meses del triunfo, ha quedado para siempre en la Historia de Cuba, de forma dinámica, acorde con los tiempos.

Eso es de sobra sabido, pero al celebrarse el aniversario 93 de su natalicio este 30 de diciembre, su personalidad revolucionaria, desde la formación del grupo inicial del movimiento revolucionario iniciado por Fidel tras el golpe de Estado de Batista en 1952, y que tuvo como principal seguidor a su hermano Abel, segundo jefe en el asalto al Moncada el 26 de julio de 1953, nos devuelve inexorablemente su grandeza.

Haydée tuvo una inteligencia natural y una virtud que la distinguía: era autodidacta. Solo había completado la enseñanza primaria, pero la lectura fue algo consustancial a su vida misma desde la niñez y en Casa de las Américas podía dialogar con intelectuales, reconocidos en todo el mundo, entre ellos Ezequiel Martínez Estrada, Alejo Carpentier, Manuel Galich, Alfredo Guevara, Roberto Fernández Retamar, Lisandro Otero y muchos otros. Supo escoger pronto una ayudante operativa, culta y revolucionaria: Marcia Leiseca. Mas su capacidad no se limitaría a ello, sino que tuvo la cualidad de unir y fundar dentro de las nuevas generaciones. Así nació aquel movimiento conocido como la Nueva Trova, con jóvenes como Noel Nicola, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Sara González y tantos otros.

Pero para la historia de la Revolución, en toda su amplitud, está la revolucionaria valiente, quien con la doctora Melba Hernández (joven abogada) fue al asalto del 26 de julio de 1953, y le tocó experimentar uno de los episodios más dramáticos de ese día. Es el propio Fidel, durante el alegato que cerró el juicio del Moncada, conocido históricamente como La Historia me Absolverá, quien define la impresionante valentía de Haydée. Ella supo por los sicarios que habían torturado y asesinado a su hermano Abel y a su novio Boris Luis Santa Coloma. Dice Fidel: «…con un ojo ensangrentado en las manos se presentaron un sargento en el calabozo donde se encontraban Melba Hernández y Haydée Santamaría y dirigiéndose a esta última, le dijeron: “este es de tu hermano, si tú no dices lo que él no quiso decir, le arrancaremos el otro”. Ella, que quería a su valiente hermano por encima de todas las cosas, les contestó llena de dignidad: “si ustedes le arrancaron un ojo y él no lo dijo, mucho menos lo diré yo” (…)». Y prosigue Fidel «(…) más tarde le dijeron nuevamente a la joven Haydée Santamaría: “ya no tienes novio te lo hemos matado también”. Y ella le contestó imperturbable otra vez: “él no está muerto porque morir por la patria es vivir”. Nunca fue puesto en un lugar tan alto de heroísmo y dignidad el nombre de la mujer cubana».

En la Quinta Vista del Juicio, donde le tocó declarar, Haydée comenzó preguntando «dónde estaban los 23 compañeros que habían salido con vida del Hospital…, no los veo en esta Sala». El Tribunal no quería que siguiera declarando, pero ella denunció el crimen. Aquel día, a la salida del Tribunal, aunque solo me había visto de soslayo escuché las primeras dos palabras que me dirigió en la vida: «Jovellar 107»: Era la casa de los padres de Melba, allí podía comunicarme con ellas. Lo supe cuando fui a esa dirección. Tenía muchas cosas más que contar e intuiría un posible camino para hacerlo. Su perspicacia era ejemplar.

Haydée Santamaría no decayó en su espíritu revolucionario, en su perspectiva, por grande que era su dolor. Luego su participación fue inmensa en la clandestinidad. Tras la salida de la cárcel de Guanajay, emprendió junto a Melba, siguiendo instrucciones de Fidel, la edición clandestina de La Historia me Absolverá.

Después fue la Haydée miembro de la Dirección del Movimiento 26 de Julio; la de la preparación, junto a Vilma Espín —recién llegada de México con las órdenes precisas de Fidel de conciliar con Frank País—, de la acciones del 30 de noviembre, dirigidas por ese singular joven santiaguero. Yeyé hizo galas de su valentía y dones especiales, transformándose en una aparente ciudadana común. Desde su llegada a Santiago de Cuba anduvo de un lado a otro, con su heroica «chofer»: nada menos que Vilma, para que en la fecha mencionada el movimiento apoyara el desembarco de los 82 expedicionarios del Granma.

Luego fue la Sierra Maestra, escalando las montañas junto a Fidel y Celia, para más tarde recibir otra misión. El Comandante en Jefe le encargó la organización y recaudaciones de fondos en Estados Unidos, tarea que realizó con otros compañeros, llevando ella ejemplarmente el timón de la encomienda y del automóvil para los trasiegos en un territorio que acababa de conocer y haciéndole la guerra, como el Che, al asma.

A grandes rasgos esta es la Yeyé de la cual la poeta Fina García Marruz dice: «Tu pelo rizadito, descuidado/siempre un poco, tu blusa americana/ la boca aún entreabierta a la palabra/ tus ojos aún al crimen alarmados…Tu voz chillada escucho malcriada / del dolor; de la patria consentida./ Tu voz tenía cadencia larga».

El Che, en vísperas de su partida a Bolivia, le escribió una carta singular en la cual dice de Yeyé:

«Te agradezco los envíos medicamentosos-literarios. Veo que te has convertido en una literata con dominio de la síntesis, pero te confieso que como más me gustas es en un día de fin de año, a nuevo, con todos los fusiles disparados y tirando cañonazos a la redonda. Esa imagen y la de la Sierra (hasta nuestras peleas de aquellos días me son gratas en el recuerdo) son las que llevaré de ti… El cariño y decisión de todos ustedes nos ayudarán en los momentos difíciles que se avecinan. Te quiere tu colega (por el asma). Julio de 1966».

Para el gran intelectual y político Carlos Rafael Rodríguez «recordar a Haydée es contemplar el paso de un relámpago, escuchar la crepitación de bosques incendiados…, bullir quemante. Fuego y luz. Se lanzaba a hablar como quien desata un torbellino, como si la palabra no le brotara de la mente —que tan bien sabía usar— sino que brotaba de los redaños del alma…, no requirió ni de la Universidad ni de la Academia para hablar de los griegos, de Miguel Ángel o de Picasso, los manejaba con sabia, intuitiva comprensión, la misma que generó mucho de sus vivaces criterios políticos sobre los complejos problemas de la creación revolucionaria que la tuvo como protagonista excepcional».

Tomado de Granma

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